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Educación Física y Ciencia, 2006, vol. 8, p. 71-80. ISSN 2314-2561
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Educación Física.

Artículo/Article

¿Nuestro destino está escrito en los genes?: Una mirada desde la película gattaca

Paula Sibilia

Instituto de Artes e Comunicaçao Social, Universidade Federal Fluminense - IACS-UFF

Resumen
Este artículo analiza algunas ideas, imágenes y creencias relacionadas con las nuevas "ciencias de la vida", y cuestiona su influencia en las redefiniciones de la condición humana, la salud y la enfermedad que están actualmente en curso en nuestra cultura, a partir de las reflexiones suscitadas por la película Gattaca. Los abusos del "determinismo genético" constituyen el eje central de esa discusión, aliados a una serie de metáforas informáticas y digitales que emanan cada vez con más fuerza de ciertos discursos tecnocientíficos. Esas nuevas verdades tienden a encontrar causas biológicas y a ofrecer soluciones técnicas para los más diversos conflictos humanos, tanto a escala individual como colectiva, desdeñando otras influencias e interrogantes. Ante el riesgo de un reduccionismo excesivamente simplificador de la condición humana y de su potencial de acción en el mundo, se impone un cuestionamiento de orden filosófico y antropológico de estas verdades cada vez más hegemónicas que afectan a los cuerpos y a las subjetividades.

Palabras clave: Cuerpo humano; Subjetividad contemporánea; Genética; Información; Neurociencias

Abstract
This article analizes some ideas, images and believes related to "new life ciences", and questions its influence in the redefinition of human condition, health and illness, that are in curse of our culture, due to reflection from the film Gattaca. The abuses of "genetic determinism" are the main point of this issue, as well as a serie of informatic and digital metaphors that are stronger in tecnocientific lectures. Those new true facts are bound to find biologic causes, and to offer technical solutions for the most varied human conflicts, both individually and collectively, scorning other influences and questions. Facing the risk of a reductionism excessively simplified of the human condition and its potential action in the world, it is imposed a philosophical and anthropological questioning about those facts that are more hegemonic every time and affects bodies and subjectivities.

Keywords: Human bodies; Contempory subjetivity; Information; Genetic; Neuroscience


Este texto se propone reflexionar sobre algunas cuestiones relativas a los cuerpos humanos y las subjetividades, suscitadas por el película Gattaca, un film dirigido en 1997 por el cineasta estadounidense Andrew Niccol. Nos interesa especialmente la manera en que esta obra cinematográfica muestra algunas tendencias importantes en las ideas, prácticas, imágenes y creencias contemporáneas con respecto a la condición humana. En particular, sobre las formas en que pensamos e incorporamos nuestros cuerpos; sobre las maneras en que somos seres humanos; es decir, una fascinante variable histórica repleta de significados a explorar.

El tema más interesante para discutir a la luz de esta película es aquello que se conoce como "determinismo genético", porque su historia se presenta precisamente como una oda a su opuesto: el libre albedrío, la potencia del deseo individual y la fuerza de la acción humana al operar en el mundo. Los dardos de esta película apuntan a esa omnipotencia que los genes parecen tener, al menos según ciertos discursos que divulgan los descubrimientos tecnocientíficos de nuestros días. Lo que se cuestiona en el film es esa capacidad que los genes parecen tener para determinarlo todo: tanto los rasgos físicos, mentales y subjetivos de cada individuo, como también las características de la especie humana en general.

"El destino ya no está escrito en los astros, ahora está escrito en nuestros genes", sentenció el biólogo estadounidense James Watson, uno de los descubridores de la estructura del ADN en 1953 y, más recientemente, director del famoso Proyecto Genoma Humano. Lo que más inquieta en esa frase destinada al mármol no es el hecho de que las sagradas escrituras hayan cambiado de locus, al pasar del horóscopo zodiacal al oráculo genético; lo que más nos perturba en un veredicto como ése, sin duda, es la mera admisión de que nuestro destino esté escrito en alguna parte, sea en las estrellas, en los genes, en la sangre o en el color de la piel. De ahí la necesidad de cuestionar estas nuevas verdades, que brotan cada vez con más insistencia de los laboratorios de todo el mundo, irradiadas por los medios de comunicación en una poderosa alianza tácita con el mercado.

Toda esta problemática aparece en la película Gattaca de forma algo exagerada, como suele ocurrir con las obras de ciencia-ficción que ambientan las peripecias de sus personajes en escenarios de un futuro verosímil. Pero también es cierto que, en nuestra sociedad, ya hace algún tiempo que esas tendencias están insinuándose como una nueva verdad; algo que, cada vez más, parece del orden de lo indiscutible. Este renovado auge del determinismo genético alimenta ciertas imágenes y creencias sobre el cuerpo y la subjetividad, que están tornándose dominantes: ciertas formas de pensar la salud y la enfermedad, por ejemplo, o qué es la vida y la muerte, qué es natural y qué es artificial, o qué significa ser humano. La intención de este artículo es señalar el origen histórico y subrayar el peso político de estas nuevas perspectivas, con el fin de cuestionar la emergencia de nuevos conceptos y prácticas derivados de algunos campos de saber, que impregnan tanto los imaginarios como las realidades de las sociedades occidentales contemporáneas.

Esas novedades afloran de algunas áreas de la tecnociencia especialmente privilegiadas hoy en día: no sólo la genética sino también las neurociencias, la biología molecular y las biotecnologías en general. Un conjunto que suele agruparse en la categoría general de "nuevas ciencias de la vida". Actualmente se despliega un movimiento creciente de "biologización" de los conflictos humanos; es decir, una disposición a indicar causas biológicas para los más diversos problemas individuales y colectivos, desde la propensión a la violencia hasta la depresión, la obesidad o la ansiedad. Esa tendencia crece junto con lo que algunos autores denominan "medicalización de la sociedad"; es decir, una creciente oferta de soluciones terapéuticas para problemas que no siempre se consideraron de exclusiva incumbencia médica. Hoy, en cambio, a la luz de estos nuevos discursos, casi todos los problemas parecen tener un origen biológico y una posible solución técnica o médica.

Para comprender mejor esta situación tan actual, quizás convenga realizar un breve sondeo histórico. A partir de los siglos XVIII y XIX, la medicina ha venido configurándose entre nosotros como un eficaz complejo de saberes y poderes que penetran los cuerpos individuales y las poblaciones humanas. Con sus prácticas y técnicas en constante actualización, a lo largo de toda la historia moderna, la medicina se ha dedicado a controlar los acontecimientos aleatorios relativos a la multiplicidad orgánica de los seres humanos, imponiendo sus exigencias "normalizadoras" según los intereses del capitalismo industrial. Así, se ha buscado disciplinar laboriosamente a los individuos, mientras el azar biológico de la vida era sometido a una rigurosa regulación. Todo esto fue analizado por el filósofo Michel Foucault, en sus estudios de los mecanismos de poder que vertebraron las sociedades modernas; sin embargo, el mundo contemporáneo atraviesa fuertes cambios, y ve tejerse una alianza cada vez más íntima entre la tecnociencia y el mercado, al tiempo que se configuran algunos cambios fundamentales en la lógica que entrelaza saberes y poderes en nuestra sociedad.

Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental en ese movimiento, en su función divulgadora de las más flamantes conquistas médicas: desde las terapias genéticas hasta los implantes neurocientíficos, pasando por la biónica y la difusión de eficaces psicofármacos como Prozac y Ritalina. Junto con todas estas técnicas terapéuticas, emana de dichos saberes un denso conjunto de metáforas, imágenes y creencias, que contribuyen a la conformación de nuestros cuerpos y formas de ser, nuestros modos de actuar, pensar y vivir. Todos los días se anuncian posibilidades inusitadas, como la eventualidad de intervenir técnicamente en el substrato biológico de la especie humana y de cada individuo en particular. Tanto las prácticas como los discursos relacionados con la ingeniería genética se inscriben en un horizonte que podríamos denominar "la utopía de la digitalización universal", un sueño que orienta las ambiciones más audaces de nuestra tecnociencia en general y de las ciencias de la vida en particular. Son inéditas las imágenes corporales y los "modos de ser" que con ellas emergen; por eso, la tematización de estas novedades en una película como Gattaca proporciona valiosos indicios para examinar esas redefiniciones de la condición humana que actualmente están en curso.

En el primer volumen de su libro Historia de la Sexualidad, Michel Foucault explicaba la enorme importancia atribuida al sexo en las sociedades industriales: por ubicarse estratégicamente, en la intersección exacta del cuerpo individual y la población, aquello que el filósofo denominó "dispositivo de la sexualidad" afectaba al mismo tiempo a ambos focos del biopoder. Es decir, un tipo muy particular de poder, específicamente moderno, que apunta a la administración de la vida de todos los individuos a lo largo de toda su vida. Un tipo de poder que pretendía "hacer vivir y dejar morir", en vez de "hacer morir y dejar vivir", como ocurriera en tiempos feudales. Así, situado en la mira de los impulsos normalizadores de la sociedad industrial, el sexo fue un blanco privilegiado tanto de las técnicas disciplinarias (que anhelaban mecanizar y normalizar los cuerpos) como de las operaciones biopolíticas (que buscaban controlar y normalizar la biología de las poblaciones). Fue precisamente por eso que el mundo moderno prestó tanta atención a la sexualidad, desde las teorías freudianas y sus terapias psicoanalíticas, hasta las políticas públicas de planificación familiar y educación sexual. Porque el sexo constituía el meollo de los cuerpos de la sociedad industrial: su núcleo, su centro, su eje principal y su misteriosa explicación; por tal motivo, debía constituir el blanco fundamental del accionar biopolítico y disciplinador. Ese recóndito núcleo sintetizaba lo que era cada uno; de modo que debía ser cuidadosamente interrogado, interpretado y descifrado, con ayuda de las técnicas y saberes característicos de aquella época.

¿Pero qué ocurre hoy en día? Ese foco parece estar desplazándose, y algunos elementos presentes en la película Gattaca permiten identificar con bastante nitidez ese desplazamiento. Cada vez más, el código genético tiende a ocupar el lugar de preeminencia antes atribuido al sexo, en un mundo atravesado por la información digital de inspiración inmaterial. Es decir, un tipo de información compuesta de software y bits, que fluye constantemente a través de las redes digitales globales y ha sido "inmaterializada" por un conjunto de operaciones históricas: un complejo tratamiento metafórico y conceptual que devino en esa súbita inmaterialización de la información, un factor que hoy nos parece de la más simple auto-evidencia. La información sería un tipo de sustancia "inmaterial", capaz de subsistir sin perder su esencia, sin dejar de ser lo que es, más allá de los soportes físicos en los cuales se sustenta en las diversas circunstancias concretas. Así, compuesta de esa etérea información y ubicada en la intersección exacta del cuerpo individual y el cuerpo de la especie, la cadena de genes del ADN se ha convertido en un blanco privilegiado del biopoder contemporáneo. Porque el código genético se sitúa en la mira, tanto de las biopolíticas que apuntan a la población humana como de los dispositivos que procuran modelar las características físicas y psíquicas de cada individuo.

Según el rastreo genealógico trazado por Foucault, la sangre afloraba como el objetivo predilecto de los dispositivos de poder en las "sociedades de soberanía"; es decir, las formaciones históricas inmediatamente anteriores al desarrollo del capitalismo industrial. En aquel lejano contexto, una rica simbología fluía por las venas de los hombres: duelos, esgrima, batallas campales, la importancia de tener cierta sangre o de derramarla. Todas esas ceremonias delatan la potencia vital de la sangre en aquella época, tanto a escala individual como social. La película aquí comentada sugiere un curioso retorno de esa prioridad en el mundo actual; sin embargo, no es exactamente la sangre lo que interesa en los dramas de Gattaca, o al menos no lo es en aquel mismo sentido medieval. Lo que importa en este nuevo contexto es el código, la información que puede ser extraída de esa sangre por medio de toda una parafernalia electrónica y digital. Cabe acotar, en una clara alusión a esta nueva lógica, que el nombre de la empresa Gattaca está formado por las cuatro letras que componen el código de la vida: G, A, T y C.

No obstante, conviene resaltar que entre la preeminencia biopolitica de la sangre y la de nuestros códigos vitales hubo otro reinado. Foucault mostró de qué manera, en los últimos siglos de la historia occidental, el sexo destronó a la sangre para asumir el papel principal en los rituales que afectan la definición de la vida y los modos de operar sobre ella. Y ahora, ¿qué es lo que ocurre? En los albores del siglo XXI, tal vez estemos frente a una nueva mutación histórica, un nuevo desplazamiento de foco: vemos que está surgiendo toda una mística relacionada con los genes. Esos diminutos componentes moleculares de los organismos humanos se están convirtiendo en los blancos predilectos de las políticas que buscan definir y modelar la vida. Así como la sangre en las sociedades feudales y el sexo en el mundo industrial, hoy son los genes quienes determinan "lo que es cada uno de nosotros"; el código genético es la clave de la revelación que "trae todo a plena luz" -parafraseando algunas de las expresiones usadas por Foucault al describir la función de la sexualidad en la era industrial (1980. p. 144). De modo que el ADN estaría conformando un fuerte dispositivo político, en torno del cual se reorganizan las definiciones de la vida en la actualidad.

El determinismo genético, un tipo de verdad tan diseminada hoy en día, reza que las cifras gravadas en la molécula de ADN de cada individuo (y de la especie humana en general) son capaces de determinarlo todo: "elementos anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensaciones y placeres", como decía Foucault con respecto al sexo en la era industrial. Aunque ese principio causal y omnipresente permanezca púdicamente en secreto, oculto en las entrañas más profundas del ser humano (en las propias moléculas, en el núcleo de nuestras células), una y otra vez se afirma que es necesario revelar sus enigmas para alcanzar la verdad. Y tanto en el caso del sexo como en el del ADN, tal posibilidad de penetrar los misterios de las esencias humanas se presenta como técnicamente viable, gracias a los utensilios generados por los saberes más representativos de los respectivos momentos históricos.

La revelación de aquellos enigmas cifrados que todo lo determinan -en los cuerpos, en las almas y en las poblaciones- en la moderna sociedad industrial correspondía a una gama de saberes basados en técnicas de observación y examen: el catálogo completo de las ciencias sociales y humanas, que incluye al psicoanálisis, la medicina, la pedagogía, la psiquiatría y la sociología. Hoy tal función compete a un conjunto de saberes anclados en el paradigma digital que nutre e inspira a nuestra tecnociencia: la más flamante medicina y las nuevas ciencias de la vida, que bebieron en las fuentes de la biología molecular y que sólo pueden operar con ayuda de un complejo instrumental teleinformático, un conjunto de artefactos que se utilizan para efectuar los más diversos diagnósticos y tratamientos sobre nuestros cuerpos. A pesar de las múltiples diferencias históricas, el objetivo es el mismo en ambos casos: así como en el sexo debía buscarse la propia inteligibilidad, la identidad de cada sujeto, la esencia de las almas y los cuerpos; de la misma forma hoy se nos dice que toda la verdad está inscripta y puede ser descifrada en el inefable código genético.

Gattaca ilustra muy bien esa mutación. No es en sus conflictos íntimos ni en su complexa sexualidad donde se esconde la esencia de los personajes de la película; en cambio, su identidad personal parece residir exclusivamente en la información genética contenida en su ADN. Se trata de un tipo de información comparable al software que transita por nuestras computadoras, y compatible con él, ya que sólo puede decodificarse mediante los mencionados aparatos teleinformáticos. Por lo tanto, aún siendo imperceptible a simple vista, la molécula de ADN posee una densidad y una gravedad inconmensurables -como también decía Foucault con respecto al sexo en la sociedad industrial. La verdad que ella esconde, inclusive, parece ser más verdadera que el aspecto o la imagen corporal de cada individuo, algo tan importante en nuestros días. Porque a pesar de las contundentes evidencias, nadie parece reconocer al protagonista de la película al observar la nítida fotografía de su rostro, aunque todos confían ciegamente en el veredicto de su ADN informatizado.

Todo lleva a concluir, entonces, que así como el sexo conformó un principio de normalidad en el capitalismo industrial, ahora se está configurando un nuevo principio de normalidad en lo que podríamos denominar "el dispositivo genético". Porque así como antes ocurría con la sexualidad, hoy corresponde al ADN definir lo que es normal y lo que se desvía de esa normalidad. Los saberes típicamente modernos, como la psiquiatría, clasificaban jerárquicamente todos los tipos de "perversiones" y definían el concepto de normalidad a partir de esos desvíos, con toda la minuciosidad y la perseverancia taxonómica que caracteriza a los procedimientos analógicos. Aquello que no era desviado, era normal. Ahora, las infinitas combinaciones génicas pueden ser rastreadas a toda velocidad con las herramientas digitales utilizadas en los laboratorios de biotecnologías, tales como los secuenciadores de ADN que se muestran en la película. Ese tipo de artefactos realizan la promesa de detectar, de manera tan instantánea como aséptica (y total, sin margen de errores), todas las fallas susceptibles de reprogramación en el cuerpo humano analizado, a partir de un estándar ideal que se ha definido estadísticamente como normal.

Son enormes las repercusiones de este giro en el foco del biopoder, que se desplaza desde el sexo hacia los genes para situar al ADN en el punto exacto en que se entrecruzan las biopolíticas que apuntan a la especie y las técnicas que modelan cuerpos y subjetividades. Una poderosa analogía digital se delinea, y trae consigo una actualización del viejo dualismo donde el par cuerpo-mente se ve solapado por el flamante par hardware-software. De modo comparable a lo que ocurriera en el lejano siglo XVII de René Descartes, en esta metafísica high-tech representada por el determinismo genético más grosero, el fundamento del ser humano también parece radicar en el polo inmaterial de aquel par. Pero ahora lo que vale es la información contenida en el código genético de los sujetos: esos datos vitales constituyen aquello que debe ser preservado para salvar la esencia de cada uno de nosotros.

No sin cierta sorpresa, vemos que al cuerpo humano hoy se desprecia por ser impuro en un nuevo sentido. Porque es "inválido", como dicen los personajes de Gattaca. Porque en su materialidad rígida y opaca, fruto del inconfiable azar biológico, el organismo humano se yergue finito e imperfecto, perecedero y fallido, y por eso se lo condena a las tiranías del upgrade: debe ser constantemente actualizado y "mejorado". El nuevo procedimiento para curar esas imperfecciones, capaz de arreglar las eventuales fallas o enfermedades, consiste en alterar su programación para corregir errores. Tal meta se puede lograr de varias formas: ya sea alterando los flujos e impulsos eléctricos en el cerebro y en el sistema nervoso, o bien efectuando ajustes en la información genética de cada individuo. En todos los casos, se trata de operar correcciones en una especie de sistema digital que comanda esa complexa unidad cuerpo-alma, algo que cada vez más tiende a percibirse como un perfil de informaciones codificadas. Tanto las terapias genéticas como algunos descubrimientos de las neurociencias, la biónica e inclusive ciertos psicofármacos, parecen actuar de ese modo: reprogramando los circuitos electrónicos que comandan cuerpos y almas, con el fin de obtener efectos inmediatos en el comportamiento.

Una polémica surge del apabullante éxito de este tipo de proyectos, ya visible en el caso de los psicofármacos y aún latente como promesa en los casos de la biónica y la genética -técnicas que todavía se encuentran en sus primordios, aunque sus prodigios no cesen de anunciarse en las noticias cotidianamente propagadas por los medios de comunicación y en películas como la que aquí se analiza. Es polémico que este tipo de tratamientos se usen cada vez más, no sólo para curar ciertas enfermedades o cuadros considerados patológicos, sino también para mejorar comportamientos y desempeños considerados normales. Basta pensar en lo que suele conceptualizarse como "usos recreativos" de drogas como Prozac o Viagra, por ejemplo. Otra ilustración es una hormona genéticamente alterada, comercializada en los Estados Unidos con el nombre de hGH por las empresas Eli Lilly y Genentech; un medicamento formulado para tratar niños que sufrían de enanismo pero que pronto comenzó a suministrarse a niños considerados normales, e incluso a jóvenes deseosos de aumentar su masa muscular o su estatura. Ocurre que las definiciones de patología y normalidad, como tantas otras, están sufriendo serias turbulencias en nuestros días.

Como se ve en la película Gattaca, el saber genético pretende definir el contenido informativo del código considerado normal o bueno (válido) y, a partir de ese estándar, todos sus desvíos se califican como errores o fallas (inválido). Las anormalidades encontradas en el material genético se consideran defectos en la programación: un problema de tipo informático, que puede (y que debería) corregirse con ayuda de las herramientas digitales, como si se tratara de una reprogramación de las instrucciones genéticas que animan cada cuerpo. No obstante, si las fallas en el código genético son definidas como desvíos con respecto a la normalidad, ¿qué sería lo normal? ¿Cómo se define, en este contexto, el estándar de normalidad? La respuesta no es clara. Si bien existe un consenso acerca de que determinados estados son patológicos, como por ejemplo el cáncer y el mal de Alzheimer; no se sabe exactamente qué es la salud. Pareciera que ciertas características que antes se consideraban normales, como la baja estatura y el exceso de peso (e incluso la mismísima vejez), ahora son tratadas como patológicas. ¿Por qué? Porque nuestra sociedad ve esas características como desfavorables, indeseables y por lo tanto anormales o inválidas. Cada vez más, el estándar de normalidad se define por los vaivenes del mercado, que privilegian y normalizan los rasgos mejor cotizados en nuestra cultura, tales como juventud, belleza, delgadez, altura, etc.

Además, en los discursos de esta nueva medicina abundan términos como propensión, probabilidades, riesgos y tendencias. Esto significa que el vínculo entre determinados genes y ciertas enfermedades o comportamientos específicos se basa en cálculos estadísticos y probabilísticos. Cuando nace el protagonista de Gattaca, por ejemplo, la enfermera anuncia las altísimas probabilidades que el niño posee de contraer una serie de enfermedades y morir prematuramente; una desgracia derivada del descuido paterno: del hecho de haber nacido sin la debida programación. También es ilustrativo el drama del personaje femenino de la película, cuya carrera se ve limitada por su tendencia a desarrollar enfermedades cardíacas. Aún tratándose de meras propensiones, los análisis genéticos pre-sintomáticos ya se utilizan -no sólo en la ciencia-ficción sino también en nuestra realidad cotidiana- como una forma confiable de prever las potencialidades y los riesgos que las personas pueden presentar en el futuro.

El uso de ese tipo de análisis se extiende y se populariza cada vez más: desde las mujeres embarazadas que suelen hacer tests para decidir si la gestación de su bebé debe continuar o no, hasta las compañías de seguros y los planes de medicina prepaga, que recurren a esos análisis para conocer los riesgos y calcular las consecuentes tarifas de sus servicios. También las instituciones gubernamentales y empresas privadas los utilizan para poder contratar empleados válidos; o sea: personas sin riesgos o fallas genéticas, tal como sucede en Gattaca. Los análisis de ese tipo también pueden llegar a convertirse en un requisito para ingresar en determinadas escuelas y universidades de prestigio. Tal vez los tests genéticos serán obligatorios en el futuro, puesto que ya son varias las propuestas de elaborar bancos de datos de las poblaciones nacionales con tarjetas de identidad digitales que contengan muestras del ADN de cada individuo, para poder identificarlos con total exactitud y conocer sus informaciones genéticas. Como ocurre en la película, donde la gente puede solicitar informes sobre los perfiles de cualquier ciudadano, para de ese modo saber supuestamente todo sobre el individuo en cuestión: sus potencialidades, riesgos y limites.

Sin embargo, hay un detalle fundamental que suele solaparse: no hay ninguna garantía acerca de la posibilidad de que la "falla" inscrita en el código genético de una determinada persona se manifieste efectivamente en su organismo. Ejemplo perfecto es lo que ocurre con el protagonista de Gattaca: éste no muere en su juventud, a pesar de los pronósticos pesimistas de los médicos que lo vieron nacer y de las elevadas probabilidades efectivamente inscritas en su código. Por otro lado, en caso de que el defecto genético de hecho se exprese en el cuerpo del sujeto en cuestión, pasando de la virtualidad a la realidad, también es cierto que el medio ambiente influirá en su nivel de gravedad, contemplando incluso la posibilidad de tratamiento y cura. A pesar de las muchas polémicas y de todas las complicaciones éticas y políticas suscitadas por estos asuntos, el futuro de nuestra medicina promete basarse en esas propensiones y tendencias denunciadas por los códigos informáticos que parecen programar los cuerpos humanos.

Pero aún hay un último punto que debe ser aclarado: la meta primordial de una medicina que trata las enfermedades en términos de probabilidades no es sólo la cura, definida como la corrección de fallas contenidas en el código que programa la vida de cada individuo. El objetivo no es apenas ni principalmente ése, sino la prevención de los riesgos detectados en los análisis informatizados. O sea: no tanto curar las enfermedades sino prevenir los riesgos de eventualmente contraerlas. Evitar la posibilidad de que la enfermedad se manifieste, disminuir los riesgos siempre probables de enfermarse y morir. Porque no todos los individuos presentan fallas evidentes en sus códigos, pero absolutamente todos tiene probabilidades -en menor o mayor grado- de enfermarse y morir.

Por eso, las estrategias de prevención de riesgos involucran a todos los sujetos a lo largo de toda su vida, ofreciéndoles un amplio menú de medidas preventivas: alimentación, ejercicios, remedios, vitaminas, terapias, etc. Definida como error probable, la enfermedad se vuelve endémica: pasa a formar parte de nuestra esencia demasiado humana. Por eso es necesario que todos los individuos -definidos como consumidores- adhieran a un plan de medicina prepaga. Todos debemos abonar una cuota mensual obligatoria a las empresas del sector médico a lo largo de toda nuestra vida, porque ya no hace falta que la enfermedad se manifieste: ésta se presenta como inherente a nuestros cuerpos, como un rasgo constitutivo de la humanidad. Como tal, la propuesta de nuestra tecnociencia consiste en eliminarla, superando ese limite que constriñe a nuestra especie: esa persistente inclinación humana a enfermarse y morir.

Para poder consumar esa ambiciosa meta, la medicina debe redefinir a todos los seres humanos como virtualmente enfermos. Un producto de estas redefiniciones es la figura del portador asintomático, porque de alguna manera ese sujeto está enfermo, aunque aún no presente los síntomas de la enfermedad... casi como ocurre con todos nosotros. El portador asintomático encarna un modelo extremo de la subjetividad contemporánea, de esta forma tan actual de ser humanos. Una forma de humanidad marcada fatalmente por la propensión a la enfermedad y la muerte, que debe luchar permanentemente contra su condena a la obsolescencia. Por eso, se nos dice que debemos conocer todos los detalles de la información contenida en nuestras propias moléculas, para prever con la mayor exactitud posible su desarrollo probable y administrar los eventuales riesgos inscriptos en nuestro código genético.

Para concluir, vale resaltar que la intención de este artículo -así como la de mi libro El Hombre Postorgánico- consiste en desnaturalizar estas cuestiones, desnudando su raíz política e histórica. Es decir: inventada, y por lo tanto mutable. Si algún tiempo atrás el mundo y el hombre eran pensados en términos mecánicos, comparables a un reloj cuyas piezas y engranajes podían (y debían) aceitarse y perfeccionarse en su funcionamiento regular, hoy solemos pensarnos en términos informáticos. Es decir, como programas de computación que pueden (y deben) editarse y modificarse en nombre de la eficiencia y otros valores mercadotécnicos. El determinismo genético, apoyado en la idea de código informático y en la supuesta inmaterialidad de la información, juega un rol fundamental en la configuración de esta nueva verdad. Nada de esto es pueril y todo tiene ramificaciones de peso, de allí la necesidad de desnaturalizar: lejos de ser consecuencias naturales del progreso o efectos inevitables de un destino escrito en alguna parte, estos fenómenos responden a elecciones históricas muy concretas que involucran serias decisiones políticas. Obedecen a las necesidades de un determinado proyecto de sociedad, que hoy rige en buena parte de nuestro planeta globalizado y expele ciertas verdades, generando ciertos tipos de saberes y poderes (y no otros), desencadenando ciertos problemas y proponiendo ciertas soluciones (y no otros). Un mundo que incita a configurar determinados tipos de cuerpos y subjetividades, y que al mismo tiempo sofoca el surgimiento de otras modalidades posibles. Se trata, en fin, de nuevas formas de comprender y experimentar el cuerpo humano; pues si las maneras de ser humanos varían históricamente, se impone la necesidad de pensar y discutir sus mutaciones. Películas como Gattaca pueden ser una valiosa guía en esa aventura cada vez más urgente.

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Paula Sibilia es profesora del departamento de "Estudios Culturales y Medios", del Instituto de Artes e Comunicação Social de la Universidade Federal Fluminense (IACS-UFF), en Río de Janeiro, Brasil. Cursó las licenciaturas en Comunicación y en Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), institución donde también ejerció actividades docentes y de investigación en la Facultad de Ciencias Sociales. En 2002 concluyó la maestría en "Comunicación, Imagen e Información" de la Universidade Federal Fluminense (UFF). Como resultado de ese estudio, publicó el libro O Homem Pós-Orgânico: corpo, subjetividade e tecnologias digitais, por la editorial Relume Dumará. En 2005, este libro fue traducido al español y publicado por la editorial Fondo de Cultura Económica, bajo el título El Hombre Postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. En 2006 defendió su tesis de doctorado en "Salud Colectiva" en la Universidade do Estado do Rio de Janeiro (UERJ). Actualmente concluye el doctorado en "Comunicación y Cultura" de la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ).

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