Documento sin título
Educación Física y Ciencia, 2010, vol. 12, p. 25-38. ISSN 2314-2561
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Educación Física.

Artículo/Article

Biopolítica, población y control

Biopolitics, population and control

José Luis Tejeda González

Universidad Autónoma Metropolitana. Unidad Xochimilco

Resumen
Los estudios del poder han volteado hace tiempo a la biopolítica, vista como la intromisión e injerencia del poder y la política sobre la vida. Se da en positivo y en negativo. De ahí la discusión sobre el control social, como una expresión de la biopolítica moderna. La conexión entre biopolítica y población no es menos significativa que la manera cómo el poder administra y regula los nacimientos y la migración así como la calidad de vida de los conglomerados sociales

Palabras clave: Biopolítica; Población; Control; Dominación; Cuerpo

Abstract
Studies on the power turned some time ago to biopolitics, seen as the interference of power and the politics in life. It is positive and negative. Hence the discussion about the social control as an expression of modern biopolitics. The connection between biopolitics and population is not less significant than how power manages and regulates the births and the migration as well as the quality of life of social conglomerates

Keywords: Biopolitics; Population; Control; Domination; Body


La biopolítica, ¿nuevas áreas de exploración?

Cuando el concepto de la biopolítica entró en la discusión de las ciencias sociales y humanas, se vio que se abrían campos nuevos e inéditos en la investigación académica. Lo ha sido en un sentido, ya que las tecnologías de la información y la comunicación, el control y el manejo del poder sobre los individuos, las subjetividades y los cuerpos llegan a terrenos inusitados. En otro aspecto, nos regresa a discusiones clásicas sobre el poder, la soberanía, el cuerpo y la violencia. Esta serie de aspectos políticos se consideraban hasta superados, en vista de que la era de las libertades, la democracia y los derechos humanos, volvía innecesario su tratamiento y por ende irían perdiendo relevancia a la larga. Lo que involucra estrictamente las estructuras de poder y las relaciones crudas de la autoridad y el gobierno con individuos y ciudadanos, se vuelve uno de los asuntos cruciales de la biopolíticas. Nada más antiguo y hasta precivilizatorio que las relaciones físicas y corporales del poder sobre los ciudadanos y las personas. Y esto se presenta como una discusión de actualidad que refleja más bien el rol que ocupan las relaciones de poder descarnado en las sociedades contemporáneas. En una especie de prepolítica o de impolítica, se ve el no-ser de la política, su retroceso a lo más elemental y biológico de las personas (Esposito, 2009: 13). De hecho habría que formularse una interrogante inquietante acerca de si la afirmación de la biopolítica, no es una expresión conceptual de los retrocesos en materia democrática que vivimos en la era actual.

Veamos el asunto con detenimiento. En primer instancia, la discusión de la biopolítica se asocia a una imagen negativa del hombre que implica un reforzamiento del poder y la autoridad en detrimento de los individuos y los ciudadanos. Es Michel Foucault, quien abre esta discusión con la formulación famosa donde se refiere a la biopolítica como aquella vertiente social ligada con las técnicas disciplinarias del poder y el control demográfico (Foucault, 1987: 34-36). En automático, las reflexiones de Foucault nos llevan a la revisión de lo que es la sociedad y el poder disciplinarios. En la vida moderna, la individualización y la humanización van de la mano para intentar bloquear las tendencias a la aniquilación y supresión de los seres humanos, su subjetividad y su corporeidad. Se les requiere como fuerza de trabajo, como clientela y como consumidores. A la vez se impone la necesidad de normalizarlos, uniformarlos, disciplinarlos como individuos anómicos y como masa informe. El cuartel, la cárcel, el hospital, la fábrica y las escuelas son instituciones y mecanismos que reproducen de una u otra forma los imperativos sistémicos de la normalización del sujeto y los cuerpos, de los individuos y las colectividades. El énfasis de la obra de Foucault en las instituciones totales y las disciplinarias por excelencia, refleja la importancia que adquieren en la evolución de la sociedad liberal y moderna. Es el panoptismo disciplinario que conlleva más control y flexibilidad a la vez (Foucault, 1990: 210-211). El reo y el enfermo, son aislados corporal y psíquicamente, a la vez que se les expone como las expresiones de lo anormal, lo patológico y lo delincuencial. Los cuarteles exigen una obediencia absoluta a los mandos militares y de la misma manera se castiga y penaliza la más mínima infracción a la autoridad. No está de sobra recordar la reproducción de la coerción y lo castrante que resulta la vida militar. Hasta instituciones liberales y modernas como la fábrica y la escuela, expresan los niveles de violencia y coerción que se ejercen sobre los sujetos y su condición corporal. Las empresas recurren a un mando firme y a estructuras jerárquicas que garantizan el funcionamiento pleno de la actividad laboral. Las escuelas tradicionales y autoritarias, que reproducen tal cual los mecanismos del mando y la obediencia de la sociedad, nos recuerdan que los procesos de instrucción, educación y del conocimiento, no escapan a los mecanismos de los poderes disciplinarios.

El interés de Foucault por estos temas se veía como excesivo, si nos atenemos a que se vivía en Estados liberales y democráticos. Ahora no se le ve de ese modo. El cuartel se extiende más allá de sus muros, cuando se imponen las políticas bélicas de combate real o supuesto al terrorismo, el narcotráfico y otros enemigos por venir. La regimentación se extiende al resto de la sociedad y se solicita la conversión de los ciudadanos en soldados de los Estados en lucha. Los mecanismos de control y vigilancia de cárceles y hospitales salen a las calles, las avenidas, los centros comerciales, las carreteras y los aeropuertos. Todos se vuelven sospechosos, mientras en algunas latitudes el Estado se confunde con la delincuencia organizada y el hampa. Las relaciones laborales y fabriles buscan afanosamente desarrollar al máximo las habilidades y aptitudes de los trabajadores, a la vez que se regatea la redistribución de la riqueza y de los productos sociales. La instrucción escolar impone la disciplina y nos habitúa a vivir en un sistema de premios y castigos, gratificaciones y represalias que llevado a estructuras de poder perversas, no hacen sino reproducir inequidades e injusticias. ¿Es posible salir de la sociedad disciplinaria, superarla y quizás domesticarla al máximo? Hace algunos años, se hablaba de la erosión de la sociedad disciplinaria y el ascenso de la sociedad de la información y la comunicación. Nada más engañoso que eso, pues los temas de la biopolítica nos retrotraen a la mirada aguda de Foucault en los años de la posguerra. Cual regreso macabro, la existencia disciplinaria da combates desesperados por instaurar el reino del mando y la obediencia incondicional.

El trabajo de vigilancia y de control sobre los individuos, sus vidas y sus cuerpos es netamente biopolítico. Se conquista la libertad moderna con un reforzamiento del control sobre las personas (Foucault, 2009: 75-77). Lo que debe destacarse es la referencia de Foucault al control demográfico y la administración de las poblaciones. Si la biopolítica se refiere a la conexión entre la vida, la política y el poder, el control demográfico lo es por excelencia. ¿Que acaso no se da una injerencia y un involucramiento directo del poder y la política sobre la evolución de las poblaciones, las tasas de natalidad y de mortandad, las expectativas de vida y demográficas? O más directamente, la relevancia que adquieren los fenómenos migratorios para modificar el rostro, la piel y el color de las sociedades contemporáneas. Desde tiempos remotos el poder se inmiscuía en las decisiones cruciales de la vida humana, mucho peor si se trataba de los esclavos, las mujeres, los extranjeros y los excluidos en general. Se decidía sobre la existencia, la residencia y el tipo de vida que se llevaba. Desde entonces se observa el rol de los cuerpos como territorios de la sexualidad, la reproducción y el control poblacional. El debate de la Iglesia católica ante la modernidad refleja la complejidad del problema. La postura religiosa impide que los seres humanos utilicen o dispongan de sus cuerpos como si les pertenecieran y alude a la referencia de un ser supremo que decide sobre lo correcto e incorrecto de su comportamiento. Las corrientes secularizadoras y laicas aducen que la individualidad dispone de su condición personal, lo cual incluye el cuerpo que nos identifica, nos pertenece y es parte de lo que somos. El cuestionamiento que se abre es si realmente estamos en condiciones de ejercer la individualidad sobre lo corporal, o sólo nos administran como a la vieja usanza el soberano disponía sobre la vida y la muerte de los súbditos, lo cual incluye el cuerpo como la parte visible y externa de lo que somos.

En pocas palabras, en regímenes despóticos el dar la vida y administrar la muerte, o el administrar la vida y darle muerte a alguien dependía de la voluntad de los poderosos. En la vida moderna, los criterios individualistas y humanistas se confunden con la racionalización y la cientificidad que permea toda la realidad, incluyendo lo más elemental en la vida como es la sobrevivencia. Así que no fácilmente alguien puede disponer sobre la vida de los demás. Eso sigue existiendo en comunidades políticas tradicionales, autoritarias y dictatoriales, pero no se acepta jamás que sea la regla o la norma. Se le ve como un atavismo que hay que superar o como un mal momento en la historia de la humanidad. Al irrumpir el discurso cientificista se justifica que la tasa de natalidad caiga y las políticas de control demográfico se deberían endurecer. En aras de una mejor calidad de vida se intensifican las políticas del control del crecimiento poblacional. Eso en realidad quiere decir administrar los inicios de la vida humana, lo cual es biopolítico hasta los tuétanos. ¿Y qué decir de la sexualidad? Territorio ubicado entre lo biológico, lo social y lo político, la sexualidad puede ser libre o reprimida, condicionada o temerosa, selectiva o promiscua. Y qué decir de aquellas decisiones que atañen a la persona, a las parejas y a las comunidades en lo relativo al uso del condón, la píldora anticonceptiva y el recurso del aborto. Este último se ha convertido en uno de los asuntos de más antagonismo político y cultural de los últimos tiempos. ¿Cuándo empieza la vida? ¿Hay derecho o no para interrumpirla? ¿Quién decide sobre esto? ¿La verdad depende de cada legislación aprobada? ¿Hay verdades sagradas, eternas e intocables? ¿Se resuelve democráticamente en un libre ejercicio de mayorías y minorías? Lo sexual como un elemento biológico-social se politiza cuando los Estados y los poderes se inmiscuyen en la política reproductiva, en el manejo de la sexualidad, en el tratamiento a minorías sexuales y hasta en las cuestiones del género femenino, en lo relativo a lo estético-físico, el sentido del gusto y en los prototipos de la belleza. En esta vía es donde la vida íntima y personal se ha politizado como nunca. En el deslinde con los totalitarismos, no hemos reparado que los mass media, los poderes fácticos y establecidos manosean cuestiones tan triviales como lo es el aspecto físico, los estereotipos del buen vivir y la aceptación y el conformismo social ante el mundo que nos rodea. La biopolítica se mueve y oscila desde la demografía hasta la existencia íntima y personal.

Ni se diga lo que es la administración de la vida, el bios aristotélico que según Bull es otra de las expresiones de la biopolítica (Bull, 2007: 8-9). El desarrollo de las habilidades y las aptitudes alejan al hombre de la bestia y nos van civilizando paulatinamente. Dicha condición se adquiere por la socialidad política (Aristóteles, 1980: 23-24). El alejamiento de la animalidad y el desarrollo de la condición humana, da lugar a la vida humanizada, que es administrada desde tiempos inmemoriales por los grupos dirigentes. Ya conocemos hasta la saciedad el aspecto del control y la dominación que acompaña la edificación del Estado, como cuerpo político desprendido del resto de la población. ¿Existe en estas circunstancias un interés de los poderosos por esclavos, sus súbditos, sus siervos o sus subordinados? Quien no alcanza en términos antropológicos y de acuerdo a los cánones de su época la condición humana no merece atención de los soberanos, como en el caso de los esclavos. Quien entra en la condición de ser humano y con más razón al traspasar la condición de igual o de par se vuelve motivo de interés por su vida y él mismo en reciprocidad, demuestra involucra-miento con los demás. Aunque las mujeres estuvieron relegadas a la vida doméstica se les ofrece atención como elemento reproductivo y de preservación del hogar. El humanismo prerrenacentista y la experiencia de la modernidad, llegando a las revoluciones universalistas, nos conduce a una humanización creciente de las relaciones sociales. El trasfondo deshumanizado, cruel y descarnado de las relaciones de poder subsiste, aunque existe una preocupación generalizada por la vida de los demás. En la existencia moderna, la biopolítica como desarrollo de las aptitudes y habilidades de los seres humanos se vuelve motivo de interés común. La igualdad y universalización de los derechos obliga a los gobiernos a la atención de los problemas de la población. El fundamento de los Estados liberales y democráticos modernos es el individuo ciudadano, que elige y vota, exige y reclama a las autoridades el ejercicio de un buen gobierno y el acatamiento del interés público. ¿Más allá de eso, existe realmente un interés y una preocupación de los gobiernos y del poder en general por el bienestar de los ciudadanos? De ahí viene la educación universal, gratuita y obligatoria y la extensión de los servicios de salud y salubridad a toda la población. En un mundo elitista, sólo una porción reducida a los círculos dominantes se educaba, se ilustraba y se daba el interés por el bienestar individual, mientras que ahora se supone que la responsabilidad por los demás se extiende como sentido común. La biopolítica pretende el desarrollo de las habilidades y las aptitudes de los conciudadanos, el desarrollo cabal y pleno de sus potencialidades. En la lectura marxista, la reproducción de la fuerza de trabajo requiere de mano de obra adiestrada y saludable porque eso garantiza el incremento de la productividad y la competitividad. El afán por alejar a los seres humanos de su condición animal, nos lleva a la educación y al adiestramiento. La afirmación de la humanidad ante la animalidad, de la vida ante la muerte y del trabajo sobre la inacción y la pereza, son rasgos de la vida capitalista en que se da un giro hacia el interés creciente por la forma de vida de los trabajadores, los empleados y los ciudadanos. Hay que recordar que eso no ocurre por evolución espontánea y se debe a la resistencia y lucha de los trabajadores que hacen valer su derecho a la vida y a la condición humana. ¿Que tanto le interesaba al capital el obrero que se embrutecía, se embriagaba y vivía apenas al nivel de la supervivencia? Siempre y cuando no afectase el proceso de trabajo y los niveles de la producción, le resultaba indiferente. En la medida en que las altas dosis de ausentismo, incapacidades, desánimo y falta de esperanza inciden sobre las economías nacionales, había motivos para sacar a los trabajadores del agujero en que caían.

La Biopolítica, lo positivo y lo negativo.

La organización científica y racional de la vida humana alcanza proporciones mayúsculas con la entrada del Siglo XX. Los derechos sociales consagran las titularidades por las que los trabajadores tienen derecho a una vida digna, lo cual implica ser alimentado, educado, contar con vivienda y con servicios sociales y públicos, ser atendido en caso de enfermedad y poder contar con tiempo para la recreación. Se accede a las titularidades del bienestar social (Dahrendorf, 1990, 31-32). Eso mejora la calidad de vida e impacta sobre las tasas de crecimiento poblacional y la asignación de los recursos. La demografía se vuelve una de las armas fundamentales de la biopolítica, en cuanto administra y regula los crecimientos poblacionales y la distribución de los habitantes en las naciones modernas. El desarrollo del capitalismo, los procesos de industrialización y de urbanización modifican el rostro de las naciones modernas, su composición demográfica en la distribución del campo y la ciudad, en el establecimiento de las megaurbes y en los equilibrios entre los grupos poblacionales. Hacia dónde va y está el capital, se mueven los habitantes y las poblaciones en un movimiento geopolítico y biopolítico, en que se garantizan mejores condiciones de vida y donde se expresan los abandonos y el desinterés por la residencia. La política demográfica, migratoria y de las poblaciones es a todas luces un ejercicio de la biopolítica. Medidas como el control del crecimiento poblacional a través del uso de los preservativos, la píldora anticonceptiva y la legalización del aborto en ciertas circunstancias incide directamente sobre la tasa del crecimiento poblacional e influye sobre el estilo y la calidad de vida de las personas. Si las familias de generaciones recientes se han vuelto celulares, es debido a que las parejas tienden a reducir el número de hijos, planifican y administran su vida y las de sus descendientes. La biopolítica entra en nuestras vidas como organización y administración de la calidad de vida. Es la política poblacional el componente más visible de lo biopolítico, aunque se extiende a las políticas sanitarias, sexuales, reproductivas y del manejo del goce y del tiempo libre.

Si la biopolítica es la capacidad del poder para incidir sobre la vida, administrarla, organizarla, regularla e inhibirla se amplifica el rol de la misma en la existencia humana. La política poblacional lleva a las políticas sexuales, de la inhibición, la represión y la contención de los impulsos carnales. La iglesia católica habla del respeto a la vida y que la interrupción de los embarazos no deseados se opone a la voluntad del divino creador. Le quita a la mujer el derecho a decidir sobre sí misma y sobre su propio cuerpo. Asimismo ha defendido que la sexualidad debe sujetarse a los requerimientos reproductivos. No es aceptable el goce carnal y el disfrute en las relaciones sexuales. Lo que daría lugar a una sociedad reprimida y contenida sexualmente. La biopolítica moderna aborda la liberación de lo corporal de las ataduras religiosas y los condicionamientos funcionales, dándole al cuerpo físico una valoración desmedida (Le Breton, 2002a: 10). La liberación corporal se atiene más bien al cuerpo joven y saludable, lo que desdice la liberación pretendida y la relativiza (Le Breton, 2002b: 9-10). La sexualidad es más libre en la última mitad del Siglo XX y asimismo se busca una planificación y un control poblacional mayor. La combinación biopolítica del manejo de la sexualidad y el erotismo con el control poblacional y demográfico es llamativa. Se libera el cuerpo físico y se le sacraliza a la vez que se incrementan las políticas del control del crecimiento poblacional. La moral represiva condenaba el cuerpo y el erotismo y acentuaba el rol reproductivo de las relaciones sexuales. De ahí que se sacralizara la vida humana y hubiera control cero de la población. Las familias procreaban a los hijos que Dios les mandaba, los criaban, educaban y formaban sin contradecir la voluntad divina. La biopolítica convierte al poder terrenal y humano en un Dios interventor que se entromete con la vida de los demás, decide quien nace y quien no, donde se dan los crecimientos poblacionales y los fenómenos migratorios, que tipo de vida y que calidad se adquiere o se pierde por la misma situación poblacional.

La política sexual, reproductiva y la exaltación del cuerpo humano expresan otra de las dimensiones en que lo biopolítico incide. La existencia gozosa, más allá de los interdictos y prohibiciones de lo religioso y más allá de los requerimientos funcionales de la estructura económica, responde al ocio, el tiempo libre, los goces carnales, el placer y la sensualidad. Esta dimensión hedonista, heredera de los dioses vitalistas de la antigüedad clásica y del epicureísmo griego ha estado presente en la evolución de la cultura occidental. Los cambios culturales de la década de los sesenta disparó estas tendencias sumamente reprimidas y condenadas como pecaminosas, anormales, libertinas y escandalosas. El cuerpo no se debería de mostrar y se le asociaba a lo diabólico, lo inmoral y lo impúdico. En el dualismo filosófico de la modernidad, el cuerpo era desvalorizado ante la razón (Entwistle, 2002: 27). La cultura burguesa a su vez, requiere la disponibilidad de la fuerza laboral para que la maquinaria capitalista siga operando. A diferencia del esclavo, por el que existía poco interés en sus condiciones de existencia y de vida, con la lucha y resistencia de los trabajadores se va universalizando la salud pública. Es importante que la fuerza trabajadora esté saludable, sea higiénica, mínimamente alfabetizada y se eleve de la condición animal a una mínima humanidad. Lo sofisticado, lo fino y lo elegante seguiría quedando reservado para las élites y las clases dominantes, aunque ahora la población trabajadora y el común de la sociedad importa en cuanto sus expectativas de vida, el acceso a la salud y el control de las enfermedades. Es el cuerpo saneado y apto para el trabajo y el desarrollo de las aptitudes y habilidades. Más allá de eso, no se debería de exponer demasiado a los extravíos, los excesos y el desgaste prematuro. Es por ello que el matrimonio como la institución social básica del mundo cristiano, mantiene los roles sexuales y la reproducción en los marcos de relaciones íntimas convencionales. La liberación erótica y corporal que se vive con la revolución sexual, la aceptación de la unión libre y el respeto a las minorías sexuales, explora el cuerpo como fuente del goce y del placer en detrimento o con una cierta indiferencia ante las prohibiciones morales y religiosas y los requerimientos funcionales. Las estrategias gubernamentales liberales apoyan una individualización mayor de las personas en asuntos de la sexualidad y la pareja a la vez que se promueve el control de la natalidad. El resultado ha sido un estilo de vida más occidentalizado, individualista, hedonista y consumista, donde se dejan atrás prohibiciones e inhibiciones, a la par que se aplican medidas orientadas al control de los embarazos y de la tasa de nacimientos.

Hay un ámbito en apariencia amable de las orientaciones biopolíticas que empuja al desarrollo de los individuos y las sociedades, o se interesa por la salud y el bienestar de los gobernados y del prójimo al referirse a las relaciones entre pares. La incidencia del poder sobre la vida humana y la administración de la existencia adquiere una dimensión más patética cuando se enfatiza la presencia de la subcultura de la muerte, o dicho de otra manera, la capacidad del poder soberano para decidir hasta cuando viven las personas y por ende como viven. Es biopolítica pura que el poder resuelva sobre la vida de las personas, el tipo y calidad de las mismas (Esposito, 2006: 24-27). De esta manera, la biopolítica se vuelve omnipresente, ya que las relaciones de poder influyen e inciden en la vida de la gente común. Lo biopolítico nos llega y nos afecta, cuando de la economía, la alimentación, la salud, la sexualidad y el tiempo libre se trata. Ni que decir que se convierte en política dura cuando se refiere a nuestras libertades y derechos o a la lucha abierta por el poder público o la disputa de las alternativas de gobierno, de sociedad o de civilización. Cuando la presencia de lo biopolítico es para bien, como atención a los ciudadanos, a los sectores vulnerables, a los débiles y a los desposeídos no hay mayor problema y hasta se reclama la presencia del Estado y de la autoridad. Es distinto cuando el poder del soberano resuelve sobre quien vive y quien muere a la usanza de los métodos antiguos. Este componente bárbaro de la política, aparentemente eliminado, anulado y contenido en sociedades modernas con garantías individuales plenas y la universalización de los derechos humanos, sigue ahí, con menor incidencia y relevancia, pero no se ha ido y amenaza con quedarse para siempre. Se nutre de los rasgos dictatoriales de la política de la excepción. Es el trato del Estado hacia quienes han perdido o nunca han adquirido el derecho a la igualdad política y resienten el dramatismo de la política de la barbarie (Forster, 2001: 101-102). La faceta represiva de los estados modernos, sale a relucir en momentos excepcionales como cuando se suprimen las garantías constitucionales, se implanta el estado de sitio y se militariza la sociedad y la vida entera. Aquí todo mundo padece y sufre las implicaciones de la barbarie política elevada a razón de Estado. Es la política del Estado de excepción extendida y difundida, que ahora se vuelve más cotidiana y común de lo esperado y lo anhelado.

Agamben ha estudiado como estos factores de la excepcionalidad del poder y la política sobreviven en los Estados modernos y democráticos. Hace suya la afirmación de que la regla vive de la excepción (Agamben, 1998: 40-44). Es un núcleo duro y antidemocrático que se ve cubierto por relaciones sociales y de poder, más bien normalizadas por el imperio de la ley y del Estado de derecho. La ausencia o la debilidad del Estado de derecho agravan esa parte de la excepcionalidad y de la franca arbitrariedad, donde se anulan y cancelan las libertades individuales, se violentan los derechos humanos y se coartan los espacios democráticos. Los seres marginales, excluidos, abandonados y vulnerables se vuelven sujetos o más bien objetos propicios para el ejercicio del poder desnudo, en que los individuos se encuentran en una franca indefensión, en un estado de indigencia natural. En esos segmentos de la sociedad no hay imperio de la ley y predominan los intereses de los más fuertes. El poder relacional de los fuertes sobre los débiles se observa con toda su contundencia y crudeza. El poder soberano es un privilegio de los poderosos sobre una sociedad que se muestra inerme e indefensa y que nos hace reflexionar sobre el hecho crudo de que las relaciones sociales y de poder siguen siendo tan opresivas, violentas y crueles como antaño, en lo que se refiere al poder desnudo y los grupos altamente vulnerables que están expuestos a los atropellos. Hay que recordar que la soberanía de la ley se asocia en Occidente a la edificación de la verdad (Siperman, 2008: 18). La supresión de las libertades individuales y la violación de los derechos humanos se da en toda su expresión contra los disidentes políticos y sociales, los enemigos interiores del Estado y más cotidianamente se manifiesta en la violencia gubernamental contra los grupos marginales ubicados en los límites de la legalidad e institucionalidad. La existencia y la vida de esas personas resulta poco o nada valorada, con lo que se contraviene la carga positiva que dice expresar la biopolítica como interés e injerencia política en la vida de los otros.

¿Quién controla a quién?

El decir que las sociedades y las comunidades humanas requieren control, porque sin él no se podría sostener y reproducir una civilización es afirmar algo que resulta por demás obvio. Una sociedad democrática busca y encuentra controles para evitar tendencias autodestructivas que vuelven imposible la vida en sociedad. Eso ocurre hasta con los anarquistas, quienes exaltan el caos, la ausencia del orden, el poder y la autoridad, aunque se entiende que se hacen de nuevas reglas y mecanismos de funcionamiento de la comunidad humana. El problema reside en otro lado. En la identificación casi natural del control político, con un tipo de control autoritario que inhibe, obstruye e impide el desarrollo libre de los individuos y de los ciudadanos. En pocas palabras, el control en su acepción más difundida se refiere al control que realiza un puñado de seres humanos sobre millones, con objetivos y fines que están lejos de ser loables. Cuando discutimos el control nos adentramos en los terrenos espinosos de quién ejerce el poder y para qué, quiénes controlan a quién y cómo, y lo que resulta muy importante para el debate de la biopolítica: qué tipo de poder y cómo los controles sobre los individuos afectan y alteran la vida que llevan. El control de y sobre los seres humanos es una de las vertientes de lo que atiende el núcleo duro de los estudios sociales y políticos. Se trata de aspectos que muchos sabemos que se dan y existen, pero que se eluden y pocos hablan de ellos, porque están más allá del alcance del ciudadano común y hasta de los grupos de interés. Cuando se ha desarrollado el debate de la democracia se asume implícitamente que vivimos en sociedades formadas por ciudadanos libres, que ejercen libremente sus derechos. Nada más alejado de la realidad, cuando nos percatamos que los controles políticos y sociales no siempre se realizan para que la sociedad funcione y trabaje, sino para impedir y obstruir el libre desarrollo de los individuos. El control adquiere una forma de ejercicio del poder opresivo. Hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del control (Hardt, 2005: 43-45).

En un régimen democrático el mandato está en manos del pueblo, así que el control y la vigilancia se realizan antes que nada sobre las autoridades y el poder. He aquí uno de los elementos distintivos de la libertad política, en lo relacionado con el poder limitado y acotado por controles sociales y políticos. Es más importante impedir una alta concentración del poder, evitar los abusos y atropellos a la dignidad humana del poder absoluto, más que estar encima de la gente e impedirle ejercer derechos y titularidades. Los Estados modernos han reproducido áreas oscuras del poder, que se imponen por encima de los ciudadanos, pretendiendo controlar la actividad de los individuos hasta volver predecibles los escenarios por venir. Las áreas de la inteligencia y los cuerpos represivos se han acostumbrado a diseñar y armar estrategias de control social y político sobre la población, para inhibir y limitar la actividad y la participación de los ciudadanos, con lo que se obstruye la vida democrática y se realiza un ejercicio pernicioso de lo que sería el control social y político. Se invierten las prioridades y los que deberían ser vigilados por el mandato social y popular, acaban imponiéndose sobre la población a través de controles políticos y sociales extralegales y dañinos. Más allá de la disputa habitual sobre el control político, hay una serie de aspectos ligados a los controles sociales que nos acercan a la biopolítica de la personalidad. Los controles de la población, de la sexualidad y del cuerpo humano, son variaciones de un mismo tema. Las élites globales y nacionales, tanto económicas, políticas y militares buscan un control mayor sobre la actividad humana, como si no les bastara con los mecanismos de seguridad interna y nacional que ya existen. Las decisiones tomadas al respecto van descendiendo y se habitúa a los individuos y las colectividades a determinados modos y comportamientos sociales, actitudes y conductas que están más allá de cualquier elección individual o grupal. ¿Qué es lo que realmente podemos decidir sobre nuestras vidas con interferencias mínimas externas o sin ellas? Es por eso que vale cuestionarse la existencia del individuo moderno, cuáles son sus alcances y posibilidades y que tanto las sociedades democráticas se arman de abajo hacia arriba como se postula normalmente. Una persona religiosa en los tiempos medievales vive en un mundo gobernado por Dios y con una presencia abrumadora de éste. La presencia religiosa disminuye y se incrementa la incidencia de otros poderes que invaden e inciden sobre la vida común. Visto así el individuo moderno es casi inexistente. En los tiempos modernos se pregona la elección libre de los individuos y los instrumentos de control están al orden del día, amplían su eficacia y sus alcances más allá de lo concebible. La institución familiar que sería la base de las comunidades humanas, es un espacio de socialización natural, donde se expresan vínculos y relaciones de apoyo y ayuda mutua y como quiera llega a convertirse en una herramienta del control social y político en la vida moderna. No hablamos sólo de la imposición de los totalitarismos y de las dictaduras que penetran hasta las esferas familiares y que promueven lealtades a los jefes políticos y al Estado por encima de las relaciones naturales e íntimas. Una familia suele proveer de energía moral para los individuos y las personas y como quiera se dan núcleos familiares en que se imponen la inequidad, la injusticia y las arbitrariedades contra las personas. Los controles externos alcanzan áreas íntimas y privadas, que obstruyen el desarrollo de la persona.

Así que la discusión sigue siendo quien controla a quién, cómo lo hace y para que se instauran los controles sociales y políticos. Hay controles que se vienen imponiendo y que se vuelven disposiciones legales, hábitos cotidianos o normas morales. Así como se habla de las diferentes dimensiones de la biopolítica, encontramos expresiones distintas del control. Hay una serie de controles aceptados socialmente dado que existe un interés por la salud, el bienestar y el desarrollo de las personas. Tal es el caso de las disposiciones realizadas para prohibir manejar en estado de ebriedad, restringir el uso de automóviles contaminantes o la penalización a quienes fuman en lugares públicos. Se trata de limitaciones y restricciones a las libertades individuales que son aceptados socialmente porque los argumentos van en la dirección de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Cada una de las personas debe controlarse a sí misma para vivir en sociedad. El control individual y social en aras de la racionalización y la convivencia civilizada no está en entredicho. Menos claro y más nublado es todo aquello que involucra asuntos de seguridad personal, pública y nacional. El uso de los microchips, las cámaras de video y los aparatos de rastreo se utilizan indistintamente para el combate a la delincuencia y para amplificar los controles de los Estados sobre los individuos y las personas. Esta magnificación del poder y los controles, realizada en aras de combatir la delincuencia organizada, el terrorismo y el narcotráfico, se vuelve opresiva y se revierte contra los ciudadanos a los que dice defender y a los que termina afectando y dañando. El control sobre las autoridades, como ideal de una sociedad democrática queda aplastado por nuevas formas de control opresivo sobre los ciudadanos y los pueblos. Se ve como una inocentada lo que ha ocurrido, aunque más bien huele a que se quiere nulificar y revertir el carácter democrático del proyecto moderno, lo cual nos lleva a un retroceso significativo por el lado de los controles, el uso de la vigilancia y el fundamento del mandato y la autoridad.

Se olvida y se elude que las autoridades se deben a los ciudadanos que les han brindado su mandato. Que el objetivo de las sociedades modernas es el desarrollo pleno de los ciudadanos que lo integran. El control social y político se debería dar antes que nada hacia las autoridades y los funcionarios públicos electos, sujetos al imperio de la ley. Es el Estado de derecho y el cuerpo legal el que marca las limitaciones y prohibiciones al comportamiento personal y colectivo. El autocontrol y el ejercicio del control social se da primordialmente para hacer valer los convenios básicos y la convivencia de las comunidades. En la medida que se abusa del poder, las autoridades tienden a extralimitarse en el ejercicio del mismo y es muy común la arbitrariedad y el manejo discrecional de la legalidad. La tendencia casi natural del poder a la extralimitación obliga a recurrir al control humano, en lo referente a su ejercicio por los grupos poderosos contra los que no lo poseen o les resulta un bien escaso. Más allá de los controles indispensables y básicos que se ejercen y se aplican contra los que infringen la ley y faltan a las normas sociales, se requieren instrumentos de control de los ciudadanos sobre las autoridades y el poder, para impedir abusos, atropellos, arbitrariedades y las extralimitaciones que están a la orden del día.

Siendo así las cosas, ¿a que vienen esos controles excesivos y rigurosos que se ejercen contra los ciudadanos comunes y corrientes, que cumplen con la ley, viven honestamente y sólo quieren vivir una existencia decorosa y digna? Lo cual incluye obviamente participar en una comunidad política en la que existen libertades individuales, derechos democráticos y conquistas sociales. Cuando las autoridades y los gobiernos elevan a niveles inusitados los controles sociales y políticos contra la ciudadanía, se empuja al establecimiento de una modalidad de sistema autoritario y de nuevas estructuras de dominación política. Cuando lo que se busca es aumentar el asedio, el acoso y la intimidación en contra de la población, resulta evidente que hay gato encerrado, que las autoridades y el poder establecido desean ocultar y velar aspectos inconfesables de su ejercicio gubernamental y administrativo. Además de que se violentan las normas básicas de la convivencia en una sociedad democrática, retrotrae al presente las formas del ejercicio del poder que siempre han estado ahí y que ofrecen la imagen desnuda del poder establecido. Es la biopolítica como la negación de la sociedad democrática, o dicho en otros términos, la presencia del poder y la política en la regulación de nuestras vidas, de nuestra forma de pensar y de actuar, de comportarnos y de existir, en síntesis, la intromisión del poder en la vida de las personas. Así que deja de ser casual y obedece a la biopolítica del control planetario el afán por incidir en el crecimiento poblacional, los mecanismos de la disciplina y la normalización, las nuevas modalidades del trabajo fabril, la asimilación de las inconformidades y la protesta social, la fabricación e inducción de la opinión pública y de las imposiciones mayoritarias. En fin, hasta en las estrategias para modelar el gusto mayoritario, regular el cuerpo y la alimentación y desarrollar la imagen de la felicidad moderna, nos topamos con la misma pretensión del control sobre los seres humanos, que se convierte en una biopolítica opresiva que suprime al otrora sujeto y vuelve imposible o por lo menos difícil el desarrollo pleno de los seres humanos. El debate de la biopolítica engrana de maravilla con la cuestión de las estrategias de dominación como contraposición ante la sociedad democrática, a la que viene dislocando y destruyendo.

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